Las estaciones
Yo me crié en Madrid, a las faldas del Seminario, tuve la suerte de poder disfrutar desde mis ventanas de los árboles del seminario y del verde que lo rodeaba. Era un lujo vivir prácticamente en el centro de Madrid sin que nos molestasen el ruido de los coches, porque mi calle es una calle muy pequeña que solo tiene dos portales y que termina por un lado en un callejón y por el otro en la Cuesta de las Descargas que sube hasta la calle del Rosario, a la vera de San Francisco el Grande.
Recuerdo los días de nieve en los que todo se cubría de un manto blanco y se cerraban los colegios, esos días mi madre nos despertaba con mucha alegría, ¡ Niñas, niñas, levantaros que ha nevado!, subía la persiana de nuestra habitación y contemplaba con alegría nuestras caras iluminadas por la sorpresa de ver nuestra montaña blanca, porque nosotras, a la ladera del seminario la llamábamos la montaña y era como algo muy nuestro. Después de levantarnos, desayunábamos nuestro vaso de leche condensada con ColaCao, nos abrigábamos bien y salíamos a disfrutar de la nieve. Era un día de fiesta y, aunque supongo que haría mucho frío en la calle, nosotras ni lo sentíamos, y digo nosotras porque eramos tres hermanas que dormíamos juntas en la misma habitación y que disfrutábamos juntas de nuestra montaña.
Cuando empezaba a pasar el frío aparecían las cigüeñas en el cielo, nos avisábamos porque era todo un acontecimiento, daban vueltas por lo alto del seminario y buscaban sus nidos que años tras años volvían a ocupar, nosotras nos asomábamos al balcón y las contemplábamos con alegría porque sabíamos que pronto llegaría la primavera. Y cuando empezábamos a ver las primeras florecillas amarillas en la montaña ya sabíamos que llegaría el buen tiempo y podríamos disfrutar mas de la calle. La montaña se llenaba de amarillo y de rojo porque las amapolas también hacían su aparición y todo se llenaba de color y los árboles se llenaban de hojas y de verde. Entonces se hacía más vida en la calle, jugábamos con la goma, con la pelota, con la cuerda, a policías y ladrones, o corre que te pillo e incluso recuerdo que hubo una época que se puso de moda el béisbol entre los chiquillos del barrio y nos íbamos a un descampado que teníamos enfrente a jugar. Eramos felices y despreocupados y, aunque se pasaban calamidades porque no vivíamos con muchos lujos, pero no nos importaba, vivíamos en la inocencia de la infancia.
Cuando llegaba el verano y todo se secaba, la montaña se ponía amarilla y los bomberos, cuando ya estaba todo muy seco, prendían un fuego controlado quemando todos los matojos secos. Ese también era un acontecimiento en el barrio, ver llegar los camiones de bomberos,y a los bomberos con sus uniformes, yendo de un lado para otro, los chiquillos del barrio los veíamos con los ojos muy abiertos y la cara emocionada.Era todo un acontecimiento. En el verano eramos felices porque al fin nos daban las vacaciones y mis padres nos llevaban a la casa de mis abuelos, en Murcia, mis abuelos vivían en el campo y nosotras disfrutábamos mucho porque en el campo si que podíamos estar todo el día correteando de un lado para otro, hasta teníamos nuestra casa árbol, que no era otra que un algarrobo al que le habíamos puesto cuerdas alrededor de sus ramos a las que nos subíamos por una carro medio abandonado que nos servia de escalera. En ese algarrobo nos fumamos nuestros primer cigarro y también fue refugio de nuestros secretos y confidencias mas intimas.
En otoño los árboles empezaban a deshojarse, la lluvia hacía su aparición y los días se volvían grises y oscuros, volvíamos al colegio y a la rutina del día a día, los días se acortaban y nos refugiábamos en nuestras casas a la espera de que saliesen días buenos para volver a jugar a la calle.